Luces del ocaso

Por Mariano Cirigliano.

Internada en los confines de la urbe, cuando apenas comienzan a divisarse las luces artificiales en el contínuo de cemento, la oscuridad gana las calles gradualmente hasta que se revela ante la mirada distraída de las personas. Más nadie la interpela. Un vacío cósmico dentro del entramado urbano, se apodera de las almas vagabundas sin que estas se percaten siquiera de su abrazo asfixiante que todo lo inunda. Ellas saltan de luz en luz en un ocaso contínuo buscando regresar a sus hogares antes que el silencio le haga compañía a las tinieblas.

Los navegantes interlumínicos se mueven entre incandescencias como si se tratase de un tablero imperfecto, en el que escasean los lugares donde sentirse a salvo. Las luces citadinas que el ocaso ha desempañado, son ahora sin quererlo singularidades en un Universo de una oscuridad homogénea e impavida. La calma y la ausencia de luz confirman la comunión entre silencio y oscuridad. Ya nada se mueve. No hay casillero al que saltar. Pronto o tal vez más tarde, todo se inunde de nuevo con luz. Al final, la historia se repite, las luces, el ocaso, la gente, el silencio.