Paisaje interior

Por Mariano Cirigliano.

Esta es una historia sobre aprender a mirar. Mirarse a uno y a lo que nos rodea. Encontrar esa unión entre lo interno y el exterior. Eso que se sabe esquivo cuando vivimos atormentados por una tonelada de estímulos.


“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios…” posteo alguien en Internet. Clásico de esta era donde las sonrisas relajadas, los palitos de selfie y un fondo con la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o el Himalaya conjugan el paisaje con una pose ensayada y copiada hasta un infinito mar de pixels. Y es que no, no estoy en contra de la selfie. Recuerden. A Mark Twain no le gustan los prejuicios. Pero seamos sinceros, nos hemos acostumbrado a viajar como si lo hiciéramos con una pantalla mental. Un copy/paste de la foto del otro. Del que estuvo antes en ese lugar. Y del que no también, pero con la pose de otro.


Todo viaje comienza con una partida, y los arribos con una conclusión. Meses de preparativos, ensayos y errores. Planificación. Uff, el primer día cuesta sacarse el chip pero se logra a fuerza de pedaleadas y de alimentar la mirada con imágenes nuevas. Vale la pena hacer un esfuerzo por entender la naturaleza de las cosas para darse cuenta que tanta belleza estará siempre ahí. Esperando sin nada a cambio. Solo con el poder de la contemplación, un paisaje como este puede perdurar. Porque en la memoria de quienes lo vimos, se resguarda su esencia, lo intangible.


Pero siempre hay que tener presente que una foto no hace daño. Lo que daña es mirar siempre lo mismo o con ojos de otro. Porque el recuerdo se vuelve impermeable, sin nada que compartir. Cuando uno se abre al entorno y muestra sus cicatrices y vulnerabilidades, el entorno te devuelve lo que solo vos podes ver. Y un viaje, así sea de una semana o meses. Encuentra un sentido más íntimo. Nuestro ser y el lugar se completan en una comunión.


Porque en definitiva, lo que buscamos siempre viaja con nosotros.